Mis Escritos

Mis escritos

son gratutitos

copia y pega

y ya está.

Los derechos de autor son demasiado caros

son la excusa del depredador

para hacer dinero fácil

a costa del escritor.

Por eso prefiero confiar

en que se reconocerá mi autoría.

Por eso, yo regalo mi trabajo

siempre que reconozcan mi autoría...

Copia y pega y es todo tuyo,

con mi nombre en el final.

Gracias

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lunes, 6 de junio de 2011

Poder


El camión era rojo, marca FIAT, enorme, aunque tal vez no era tan grande considerando que a sus diez añitos Paquito solo medía un metro cuarenta y cinco, Paco estaba rumbo a Maracaibo con Miguel, un amigo de su papá, que había decidido llevarse al muchacho para que conociera a sus hijos, y claro Paquito estaba feliz de salir de sus arrestos domiciliarios, pues sólo lo dejaban salir para hacer mandados, comprar pan y leche y los cigarrillos de papá, cosas como esas.

El viaje en camión era largo pues los camioneros viajaban a velocidades moderadas para evitar volcarse cuando llevaban carga, así que pasaron la noche  allí, Paco durmió en la cabina y Miguel sacó un chinchorro de la nada y lo guindó debajo de la batea…

Esa noche Paco se despertó en la madrugada, se bajó de la cabina y miró hacia arriba, jamás en su vida había visto tantas estrellas juntas, parecían bailar en un fiestón universal… ¡Qué increíble visión ese firmamento brocado de estrellas!, entre un lucero y otro no  cabía el grueso de su dedito meñique, así de copado estaba el cielo; preludio quizás a la esperanza…

A la mañana siguiente, entraron a un local, uno de esos cafetines restaurante que había a lo largo de todo el trayecto, para que los viajeros tuvieran dónde comer, reponer líquidos y ¡por qué no!, cambiarle el agua al canario, y aunque los sanitario dejaban una pésima impresión; cuando la naturaleza llama hay que atender al llamado o perder la vejiga en una explosión ácida y fluida…

En fin, entraron a comer, y Paco pidió un panino de salami, y le dijo a Miguel:
-¡Señor Miguel! ¿me lo puedo comer afuera?
-Bueno; pero no te alejes.

Es que el contacto con el aire libre, el olor de la Naturaleza, los amplios espacios abiertos hasta donde alcanzaba la vista, le daban a Paco una tal sensación de libertad que no se podía creer todavía que había todo un mundo tan distinto fuera de su pequeño apartamento en Quinta Crespo, en medio de una ciudad contaminada y plagada de concreto y asfalto por todos lados.

Y allí estaba Paquito, extasiado con el panorama, como en trance profundo, tan ido estaba que no se había percatado aun de los ruidos que su estómago hacía, pidiéndole reabastecimiento; tampoco se había dado cuenta de los enormes ojos saltones que estaban velándole el panino, dos ojazos negros heridos de hambre, enmarcados en un rostro de piel quemada por el dolor y por el sol tropical, cabello crespo cortico; cabello chicharrón dirían los paisanos, el niño; pequeño, de unos ocho años tal vez, era piel y huesos, las costillas se le marcaban tanto que casi casi podía vérseles los pulmones hincharse con cada aliento y el corazón palpitar con cada suspiro.

Y el negrito miraba el pan del niño pálido con una cara de dolor, angustia y pena; y Paco se llevó el pan a la boca, abrió los labios mostrando los dientes y se aprestó a dar el primer mordisco, pero no pudo hacerlo…esa mirada tan penetrante le causaba más pesadumbre que el hambre que lo acosaba y pensó para sus adentros: (pobre niño, se le marcan todas las costillas, y yo soy gordo, si no como hoy tampoco me voy a morir) y extendiendo la mano hacia el negrito, le dijo:
-Toma, cómetelo tú, yo no tengo hambre…

La mirada lastimada trastocó en mirada de esperanza, el rostro negrito se iluminó con una enorme y luminosa sonrisa blanca, que generó tal contraste que ni Dalí, ni Picasso ni ningún otro artista plástico habrían podido imaginar un cuadro tan hermoso;. El niño tomó el pan de manos de Paco y se lo tragó en dos bocados.

Y Paco se sintió poderoso, había descubierto que él también tenía poder, el poder de borrar una lágrima, el poder de dibujar una sonrisa, el poder de demostrar a alguien que creía no importarle a nadie; demostrarle pues que a él si le importa, el poder de cambiar el mundo mismo, cambiando lágrimas por sonrisas, una a una…

Miguel, que había visto toda la escena en la distancia, se acercó a Paco y le preguntó:
-¿Quedaste satisfecho?
-¡Si, claro!, estaba sabroso
-¡Embustero!; pero, eres tan pendejo como yo, eso me gusta, ven te compro otro panino, pero este si te lo comes tú, ¿estamos?

Y así fue que Miguel le compró otro pan a Paquito, y ambos se montaron en el camión y siguieron su viaje hacia la tierra por el sol amada…

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